‘Ponyo en el acantilado’ de Hayao Miyazaki

Ponyo en el acantilado Hayao Miyazaki
Tengo dos historias esperanzadoras que contaros en torno a la última película de Hayao Miyazaki. La primera tiene que ver con la propia película y consiste simplemente en la constatación de que el talento de un artista, calificativo que a Miyazaki no le viene grande, es mucho más poderoso que cualquier inversión de dinero, por grande que ésta sea.

Digo esto porque, reciente aún “Monstruos contra alienígenas” (enlace a la crítica), la comparación resulta insultante. Ninguna de las dos cuenta una historia totalmente original, ya que “Ponyo en el acantilado” (Gake no ue no Ponyo) tiene elementos de, por ejemplo, “La sirenita” de Andersen, pero mientras que la cinta de Dreamwoks huele a vieja, la de Studio Ghibli rebosa frescura.

Es realmente sobrecogedor comprobar con qué poquita cosa es capaz Miyazaki de ilusionar al público, en el más amplio sentido de la palabra. El director japonés no necesita animación realista hecha por ordenador, ni tres dimensiones que lancen objetos a la cara del espectador. Él, lo que nos lanza a la cara son sus sueños para, con ello, revivir los nuestros.

La historia es sencilla, más infantil que sus últimas obras (lo cual no es un defecto) y no acaba de estar perfectamente explicada; dejándome la sensación de que faltaría alguna escena para redondear la historia. Pero, aún así, contiene tanta magia, tanta fuerza, que todos sus pequeños defectos se ven eclipsados ante el derroche de imaginación de su propuesta.

Ahora bien, la imaginación sin emoción, es algo vacío y sin alma. Eso lo sabe bien Miyazaki que llena cada imagen, cada escena, de una emotividad al alcance tan sólo de unos pocos maestros. Durante la proyección de la película, es inevitable que el niño que todos llevamos dentro, salga a la luz.

La otra historia esperanzadora de la que os hablaba, tiene que ver con el niño que se sentaba a mi izquierda en el cine.

Me encontraba yo hablando con mi querida Anita Loos sobre la ridícula percepción que tenemos en España del cine de animación como algo infantil y comentando que el público de la sala era quizás demasiado joven para disfrutar plenamente de la película, cuando el niño de mi izquierda, de unos 11 años, le dijo a su madre: “mamá, acuérdate de apagar el móvil, que no se puede consentir que un móvil interrumpa una película de Hayao Miyazaki”.

Ni qué decir tiene que casi se me caen las orejas al suelo al oír algo así, que sonaba como música para mis oídos. Al instante, el niño me preguntó si me gustaba el cine de Miyazaki y entablamos una conversación en la que me quedó claro que conocía el cine de Studio Ghibli como pocos y, desde luego, mejor que yo.

Entre la película y la conversación, me resultó imposible no salir del cine con una sonrisa enorme y con el convencimiento de que aún hay motivos para la esperanza. Quizás el cine tenga futuro, pese a todo.

Por cierto,  el veredicto del chaval, que salió del cine con esos ojos llenos de sueños que sólo un niño puede tener, fue claro: “me gustó mucho, aunque es algo más infantil que Chihiro”. Amén.

Valoración final: 9 sobre 10